La IA da ventaja al ciudadano frente a una Administración que aún opera con procedimientos del siglo pasado

La inteligencia artificial generativa está invirtiendo la asimetría tradicional entre administración y administrado. Mientras las instituciones públicas avanzan lentamente en su adopción por costes, infraestructuras y protección de datos, los ciudadanos, con un smartphone y una suscripción asequible, ganan velocidad, información y poder negociador frente a una burocracia que aún opera con procedimientos del siglo pasado, según un análisis publicado en Cinco Días.
Una asimetría favorable al ciudadano
José Ignacio Castillo Manzano, en un artículo de opinión firmado en Cinco Días, sostiene que la IA está generando un desequilibrio a favor de los particulares frente a las grandes organizaciones, incluidas las administraciones. El motivo es doble: el coste de acceso para el individuo es casi nulo, y el despliegue institucional exige inversiones que frenan la velocidad de adopción.
Mientras un ciudadano puede usar modelos avanzados de IA desde su móvil con cuentas gratuitas o suscripciones de precio similar a Netflix, las administraciones necesitan actualizar infraestructuras, formar personal y, sobre todo, garantizar la protección de datos de los administrados, lo que encarece y ralentiza el proceso.
El articulista recuerda que, a diferencia de la burbuja puntocom de 2000, hoy los usuarios ya disponen de dispositivos conectados a Internet, por lo que la adopción de la IA puede ser más rápida que en revoluciones tecnológicas anteriores. El resultado, apunta, es una sociedad de 'ciudadanos aumentados' capaces de planificar mejor sus finanzas o de enfrentarse a la burocracia sin miedo.
La Administración 1.0, en desventaja
La relación entre la Administración y los administrados está cambiando. Hasta ahora, recurrir una sanción, obtener una licencia para abrir un negocio, tramitar con la Seguridad Social o entender una liquidación tributaria exigía tiempo, conocimientos y, con frecuencia, un asesoramiento caro. 'No eran pocas las veces en que la Administración ganaba por la incomparecencia del administrado', escribe Castillo Manzano.
Con la IA, el ciudadano puede preparar escritos, entender requerimientos o responder con fundamento, lo que reduce la brecha de capacidades. Además, cita evidencia académica: el trabajo de Brynjolfsson y coautores en The Quarterly Journal of Economics muestra que la IA aumenta la productividad de quienes tienen menos formación, y el estudio de Calvino en la OCDE indica que ayuda a superar barreras burocráticas de entrada.
Frente a esto, la Administración difícilmente puede reclutar a corto plazo un ejército de funcionarios altamente cualificados para compensar, debido a sus procesos de selección garantistas. La recomendación es acelerar la adopción institucional, empezando por casos de bajo riesgo en entornos cerrados y auditables, con supervisión humana y funcionarios formados.
IA contra IA: el futuro de la relación con la burocracia
El autor anticipa un escenario en el que la Administración, una vez que incorpore masivamente la IA, contará con algoritmos capaces de leer reclamaciones, comprobar documentos, detectar patrones y preparar respuestas en segundos. En ese contexto, 'una IA recurrirá la decisión que otra IA habrá ayudado a adoptar'. Los algoritmos discutirán entre sí sobre impuestos, sanciones, licencias y prestaciones, mientras ciudadanos y empleados públicos supervisan la conversación.
El resultado, según el análisis, será una Administración más eficiente y accesible, aunque no necesariamente más justa. 'Que sea más justa dependerá de nuestros legisladores, aunque quizás entonces también se hayan convertido en metalegisladores', concluye.
Mientras tanto, el autor sugiere medidas para ganar tiempo, como desincentivar las reclamaciones con mayores reducciones de sanciones si se acepta el pago sin recurrirlas, o apoyarse en agentes externos como las Entidades Urbanísticas Certificadoras para aumentar la capacidad de tramitación pública.
El fin de la distopía tecnofeudalista
La evidencia hasta ahora desmiente a los tecnopesimistas que planteaban distopías tecnofeudalistas, con una ciudadanía sierva de corporaciones y administraciones omniscientes. Por el contrario, argumenta Castillo Manzano, los ciudadanos ganan en información, capacidad de respuesta y poder negociador, y podrían 'derribar las puertas de la Bastilla digital de la Administración 1.0'.
El proceso, sin embargo, no será inmediato. Como en revoluciones pasadas, los efectos tardarán en desplegarse y podrían producirse burbujas empresariales. Pero la diferencia está en que los usuarios ya tienen el hardware necesario para aprovechar la IA, lo que acelera la transición hacia una sociedad de ciudadanos mejor equipados frente a la burocracia.



