El biometano andaluz choca con los vecinos: 71 proyectos y más de 1.000 millones en el limbo administrativo

Andalucía se ha convertido en el epicentro de la carrera española por el biometano, con 71 proyectos en tramitación que superan los 1.000 millones de euros de inversión. Sin embargo, el despliegue de esta tecnología, presentada como clave para la descarbonización y la economía circular, choca con una oposición vecinal y ecologista que teme olores, molestias y un impacto ambiental aún por demostrar.
Una cartera de 1.000 millones en juego
La administración andaluza confirmó en 2025 un total de 71 proyectos de plantas de biometano en tramitación, diez de los cuales se encuentran en un estado muy avanzado. El conjunto de estas iniciativas moviliza inversiones superiores a los 1.000 millones de euros, una cifra que coloca a la comunidad en el centro del mapa nacional de un sector que promete convertir residuos agrícolas y ganaderos en gas renovable.
El dato andaluz forma parte de un auge de mayor alcance: en toda España hay alrededor de 300 plantas de biogás en tramitación, con una inversión agregada que supera los 4.000 millones de euros. Son proyectos que, según sus promotores, podrían sustituir hasta el 10% de la demanda nacional de gas natural una vez que empiecen a inyectar en la red, un horizonte que varias fuentes del sector sitúan al alcance de la mano.
Para los inversores y las empresas energéticas, el biometano no es una tecnología experimental: está considerada madura en Europa, con un largo recorrido en países como Alemania, Francia o Dinamarca. En España, el respaldo institucional es explícito: tanto el Gobierno central como la Junta de Andalucía apoyan al sector y consideran estas plantas una pieza esencial en la estrategia de descarbonización y en la gestión de residuos.
El freno vecinal y la tramitación ambiental
El problema no está en la tecnología ni en el capital, sino en el territorio. La oposición vecinal y ecologista se ha convertido en el principal obstáculo para el desarrollo de los proyectos en varias localidades andaluzas. Los residentes temen olores, molestias y posibles impactos ambientales, y sus protestas están consiguiendo ralentizar la implantación de las plantas.
A esa presión social se suman unas exigencias administrativas que muchos promotores consideran desproporcionadas. Las plantas están sometidas a una tramitación ambiental calificada de "exigente", con evaluaciones que se alargan en el tiempo y que añaden incertidumbre a unos proyectos que ya de por sí arrastran plazos largos de construcción y puesta en marcha.
El resultado es una paradoja: Andalucía tiene la cartera de proyectos más ambiciosa del país, pero también es donde el choque con las comunidades locales se está manifestando con mayor virulencia. La ecuación entre el interés general de la descarbonización y el impacto local de las instalaciones sigue sin resolverse, y cada proyecto se convierte en un pulso entre la urgencia climática y la calidad de vida de los vecinos.
Un sector con respaldo institucional pero sin atajos
El respaldo político al biometano es innegable. Desde la perspectiva del Gobierno central y de la Junta, estas plantas representan una oportunidad doble: reducen la dependencia del gas natural importado y dan una salida económica a los residuos agroganaderos, un problema estructural en una comunidad con un peso agrario tan relevante como el andaluz.
Sin embargo, ese apoyo no se traduce en una aceleración de los permisos. La tramitación ambiental sigue su curso, y la oposición local tiene capacidad real de influir en los calendarios. Para los promotores, el riesgo no es solo el retraso: cada mes de parálisis eleva los costes y pone en duda la viabilidad financiera de unos proyectos que dependen de precios de la energía y de marcos regulatorios que pueden cambiar.
El futuro del biometano andaluz dependerá de si la administración logra equilibrar la exigencia ambiental con la agilidad que reclaman los inversores, y de si las empresas son capaces de convencer a los vecinos de que sus temores son infundados. De momento, la guerra del biometano tiene un campo de batalla claro: el territorio.



