La IA presiona los salarios bajos antes que destruir empleo, según un análisis

La inteligencia artificial está reconfigurando el mercado laboral de forma más sutil de lo que sugiere el debate público. Un análisis publicado en El Español sostiene que el impacto principal no sería una destrucción masiva de empleo, sino una presión a la baja sobre los salarios más reducidos, especialmente en tareas administrativas y de servicios. La tesis, firmada por Gustavo Rivero, cuestiona el enfoque alarmista y apunta a una reestructuración silenciosa de la estructura retributiva.
El argumento central: salarios, no puestos
El análisis de Gustavo Rivero, publicado en El Español, plantea que la IA no viene a eliminar puestos de trabajo de forma generalizada, sino a recortar los sueldos más bajos. La razón: las tareas que la tecnología puede automatizar con mayor facilidad son las que hoy ocupan a trabajadores con menor poder de negociación, como auxiliares administrativos, teleoperadores o personal de atención al cliente.
La idea no es nueva en la economía laboral: cuando una tecnología reduce el coste de una tarea, el valor de quien la realiza cae, y con él su remuneración. Lo que el análisis subraya es que este efecto se concentra en la base de la pirámide salarial, mientras que los empleos de mayor cualificación, que requieren criterio o creatividad, resultan menos vulnerables a corto plazo.
La referencia a Jeff Bezos, con la que arranca el texto —"Quejarse no es una estrategia. Tienes que trabajar con el mundo como te lo encuentres"—, sirve como marco: la adaptación es la única vía, también para los trabajadores. No se trata de resistirse a la tecnología, sino de entender dónde golpea primero.
Qué tareas están en el punto de mira
El análisis identifica como principales candidatas a la presión salarial aquellas funciones que combinan tres características: son repetitivas, están basadas en datos estructurados y requieren poca interacción personal compleja. Esto incluye labores de introducción de datos, procesamiento de formularios, primeros niveles de atención al cliente, tareas de facturación o revisión documental.
Son precisamente estas ocupaciones las que han absorbido en las últimas décadas a una parte importante de la clase media baja, especialmente en sectores como banca, seguros, administración pública o servicios externalizados. La automatización no las elimina de golpe, pero sí reduce el precio que las empresas están dispuestas a pagar por ellas, porque la alternativa tecnológica es cada vez más barata.
El texto no ofrece cifras concretas, pero sí un diagnóstico cualitativo: el efecto más visible será la polarización. Los puestos de alta cualificación mantendrán o aumentarán su valor; los de baja cualificación, en cambio, verán estancados o reducidos sus salarios, incluso si el empleo se mantiene. La consecuencia previsible es una mayor desigualdad interna en las empresas y en el conjunto de la economía.
El debate pendiente: políticas de acompañamiento
Si la tesis del análisis es correcta, el debate público debería desplazarse desde la pregunta de cuántos empleos destruirá la IA hacia cómo se redistribuirá el valor generado por la productividad adicional. El texto no entra en propuestas concretas, pero sugiere que la respuesta no puede ser la resistencia tecnológica, sino la actualización de competencias y el refuerzo de la protección social para los colectivos más expuestos.
La mención a Bezos también apunta a una responsabilidad individual: los trabajadores deberán asumir que el mercado cambia y que la formación continua es una obligación, no una opción. Pero la responsabilidad no es solo individual. Las empresas que adopten la IA deberán decidir si trasladan los ahorros de costes a precios, a márgenes o a mejoras salariales en otros segmentos.
El análisis, en definitiva, abre una vía de reflexión que conecta con los datos que ya empiezan a publicarse en economías avanzadas: la IA no está provocando un aumento del desempleo, pero sí está alterando la estructura de ingresos. Para los directivos y profesionales que siguen la evolución del mercado laboral, la conclusión es clara: hay que vigilar no solo cuántos puestos se crean o destruyen, sino qué está pasando con los salarios de la base.



