La era de tipos bajos toca a su fin: la receta de bajar tipos y gastar pierde eficacia ante la inflación estructural

El economista Juan Gómez Bada plantea en una tribuna en Cinco Días que la combinación de bajos tipos de interés, compra de deuda y expansión del gasto público —la receta utilizada durante décadas en Estados Unidos, Europa y Japón— ha agotado su eficacia. El fin de la era de tipos bajos, argumenta, no solo es posible sino necesario, aunque la transición implique medidas dolorosas para la economía real. La causa, asegura, es el fin del aliado silencioso que permitía inyectar liquidez sin tensionar los precios: la globalización.
La receta de tres ingredientes que lo resolvía todo
Durante varias décadas, las principales economías occidentales han aplicado el mismo tratamiento ante cualquier problema económico: bajar tipos de interés, comprar deuda pública y aumentar el gasto. Gómez Bada describe esta estrategia como un remedio universal que las autoridades económicas no están dispuestas a soltar, similar al abuelo que lo arregla todo con un chorrito de aceite en las bisagras.
Sin embargo, el autor reconoce que hubo momentos en los que esta política estuvo justificada. El más claro fue la pandemia: con media economía mundial confinada, los estímulos permitieron sostener una capacidad productiva que resultaría útil en condiciones normales. Se evitó una espiral de quiebras, cierres y despidos, a costa de un repunte de la inflación que se consideró un mal menor. Las subidas de tipos de 2022 y 2023 lograron contener los precios, lo que algunos interpretan como el éxito de la estrategia.
Para muchos, el mundo actual parece ideal: si siempre se pueden bajar tipos, comprar deuda o gastar más, cualquier problema tiene solución. "Todo irá bien y, si algo se tuerce, volvemos al botiquín y sacamos la medicina que sabemos que funciona", sintetiza el economista.
El precio oculto: bancos centrales como financiadores de los Estados
El autor señala que los bancos centrales han alcanzado niveles de intervención que sus fundadores considerarían propios de una novela distópica. Hoy financian directamente los presupuestos públicos y se han convertido en los principales inversores en deuda soberana de sus respectivas jurisdicciones. Con sus compras de bonos, ya no solo fijan el precio del dinero a un día, sino que condicionan el tipo al que se financian los Estados a largo plazo y, con ellos, buena parte de los emisores privados.
El volumen de deuda acumulada es tal, según el análisis, que la mayoría de los Estados y grandes empresas no podrían devolver sus vencimientos con ingresos ordinarios. La única vía para sostenerse es refinanciar o vender activos a terceros. "La deuda no se paga: se renueva, como esa suscripción que nadie recuerda haber contratado", describe Gómez Bada.
El aliado silencioso cambia de bando: adiós a la deflación importada
¿Cómo fue posible inyectar dinero durante tanto tiempo sin que los precios reaccionaran? La respuesta, sostiene el autor, está en la globalización. La especialización del trabajo a escala mundial permitió producir más y más barato, y la tecnología reforzó ese efecto, manteniendo una inflación baja o incluso negativa. "Era como comer sin engordar", ejemplifica.
Ese escenario se ha quebrado. El auge de los nacionalismos está revirtiendo los beneficios de la deslocalización. Aranceles y conflictos bélicos obligan a las empresas a replantearse sus cadenas de suministro y a buscar proveedores más cercanos, incluso del mismo país, para evitar sustos de abastecimiento y peajes aduaneros. El resultado son tensiones inflacionistas en cada eslabón de la cadena de producción que se trasladan progresivamente al precio final.
El autor sostiene que el aliado silencioso ha cambiado de bando: la globalización, que antes exportaba deflación, ahora importa inflación estructural.
La paradoja de los tipos largos y el fin de la era de tipos bajos
Gómez Bada sitúa el síntoma principal de este cambio en la rentabilidad de los bonos a largo plazo, el tramo de la curva más difícil de controlar y el que más influye en la actividad económica real: hipotecas, inversión empresarial y coste de la deuda pública. Los tipos largos suben cuando los agentes económicos concluyen que las políticas fiscal y monetaria seguirán siendo mucho más expansivas de lo que exigiría contener los precios.
Ahí aparece la "paradoja cruel": el problema no se resuelve con la medicina habitual. Si ante la subida de los tipos largos se bajan los cortos o se aumenta el gasto, la situación empeora, porque se alimentan las expectativas de inflación que precisamente empujan los tipos largos al alza. "Es como intentar apagar un incendio con gasolina porque la gasolina siempre nos había servido para arrancar el coche", señala.
Frente a esta encrucijada, el autor apunta que la solución correcta, limitándose a la política monetaria, sería subir los tipos a corto hasta que las expectativas de inflación cedan. Pero si tras varias subidas se comprueba que cada vuelta de tuerca hace más daño que bien, no quedará más remedio que poner coto a la política fiscal: subir impuestos y/o recortar el gasto público. Son medidas que frenan la actividad y el empleo y que, por ello, ningún gobierno quiere firmar.
La deuda se refinanciará a tipos más altos y con inversores menos pacientes
El análisis concluye que el desplome de la anestesia que proporcionó la globalización deja al descubierto los efectos secundarios acumulados: más deuda, más dependencia del banco central y menos disciplina fiscal. Con el mundo replegado tras sus fronteras y sus aranceles, los precios tienden a subir, los tipos a largo plazo están en niveles no vistos en décadas y los Estados disponen de un margen cada vez más reducido.
La deuda se seguirá refinanciando, pero a tipos más altos y ante inversores menos pacientes, asume el autor. La gran ironía, remata, es que "la medicina que nos sacó de todas las crisis puede acabar siendo la causa de la próxima". En este escenario, el fin de la era de tipos bajos no se presenta como una opción, sino como una consecuencia inevitable que obligará a los gobiernos a asumir costes políticos que hasta ahora habían logrado evitar.



